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El otro lado del ruido

En el Día Internacional contra la Contaminación Electromagnética

No estamos en contra de las señales.

De hecho, sería extraño decirlo desde aquí.

Vivimos rodeados de comunicación. Algunos incluso hemos dedicado parte de nuestra vida a entenderla, buscarla y construirla. En mi caso, muchos saben que una parte importante de mi historia ha estado vinculada a la radioafición.

Y quien alguna vez ha escuchado una respuesta llegar desde lejos, atravesando el espacio y el ruido, entiende que hay algo profundamente humano en eso.

Lanzar una señal al vacío.

Esperar.

Y descubrir que alguien responde desde el otro lado.

Las señales nos han permitido explorar, aprender, encontrarnos y construir comunidad. Sería injusto olvidar que gran parte de lo que somos hoy también nació gracias a ellas.

Pero tal vez el problema nunca fue la existencia de las señales.

Tal vez el problema comenzó cuando dejamos de tener momentos sin ellas.

Existe una diferencia entre estar conectados y estar disponibles.

Existe una diferencia entre comunicar y permanecer expuestos.

Y existe una diferencia aún más importante: elegir cuándo abrir una puerta y cuándo cerrarla.

En el universo del Umbral nunca hemos imaginado el silencio como ausencia.

Lo imaginamos como territorio.

Un lugar donde nadie invade.

Donde nadie escucha.

Donde nada exige una respuesta inmediata.

Un espacio donde todavía es posible encontrarse con la naturaleza, con el pensamiento o simplemente con uno mismo.

No se trata de apagar el mundo.

Se trata de recuperar el derecho de decidir cuándo entra.

Por eso algunos conservamos pequeños rituales.

Apagar el teléfono.

Guardar los dispositivos.

Cerrar una tapa.

Salir a caminar.

Escuchar una radio.

Mirar el cielo.

Y a veces incluso reservar pequeños espacios físicos donde las señales simplemente descansan por un momento.

No por miedo.

No por rechazo.

No porque el mundo sea enemigo.

Sino porque descubrimos algo importante: una herramienta también necesita momentos de silencio para seguir siendo herramienta y no convertirse en presencia permanente.

No para escapar.

Para recordar que seguimos aquí.

La tecnología no es el enemigo.

La evolución tampoco.

El verdadero desafío quizá sea aprender a construir puertas.

Que podamos abrirlas cuando queramos conectar.

Y cerrarlas cuando necesitemos volver al otro lado del Umbral.

Porque una buena relación con el universo no consiste en desconectarse de él.

Consiste en que nunca deje de pertenecernos un pequeño lugar donde el ruido no tenga permiso de entrar.

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